Seis minutos de inspiración uruguaya bastaron para darle emoción a un partido
que lucía definido. Las anotaciones de Mauricio Prieto (51’) y Maximiliano
Rodríguez (57’) aderezaron nervio al hasta entonces concierto mexicano.
Es por eso que el principal auxiliar de José
Manuel de la Torre volvió a acomodarse el nudo de la corbata, a reflejar
intranquilidad. La Selección Mexicana obtuvo el triunfo (5-2) y clasificó a las
semifinales de los XVI Juegos Panamericanos como puntera del Grupo A, pero con
drama incluido, cortesía de una zaga endeble, tanto como la confianza de todo
el equipo, empeñado en pasarla mal.
Fue un cuarto de hora marcado por la tensión.
La expulsión de Guillermo de los Santos (64’) pareció acabar con los embates,
pero el huracán realmente se esfumó cuando Oribe Peralta marcó su tercera
anotación en la “Fiesta de América” (71’).
El “Cepillo” festejó con el puño derecho
cerrado, iracundo, con rabia. De inmediato, corrió a abrazarse con Miguel
Ponce, hombre del que emanó el mágico servicio que generó el catártico tanto.
El zurdo del Guadalajara resultó la gran variante táctica de Tena. La lateral
izquierda es su posición natural, pero el estratega lo colocó como
mediocampista, delante de Dárvin Chávez.
Los resultados fueron asombrosos. Desquició a
los charrúas con su velocidad y buenos servicios al área. El clímax de su gran
tarde fue aquella soberbia ejecución de tiro libre (30’).
Isaac Brizuela, titular en los dos primeros
juegos, sólo atinó a suspirar en la banca. La oportunidad parece habérsele ido.
Eran los momentos en los que el Tricolor
dominaba a placer. Una reacción sudamericana no estaba en el guión… Hasta que reaparecieron
las distracciones defensivas.
Sinfonía incompleta. Armoniosa durante casi toda su ejecución, pero angustiante
en los minutos que el rival aprovechó infundir temor entre los más de 40 mil
aficionados que volvieron a hacer una gran entrada en el estadio Omnilife.
El temple de los chicos de la Sub-22 y sus
tres guías dentro del campo fue exigido. Pasaron la prueba con ciertos
sobresaltos.
La que sí sortearon sin problemas fue la de
la batalla de sentimientos. Mortalmente heridos con el tanto de Peralta, los
uruguayos echaron mano del juego rudo para evitar la goleada. Lo lograron a
medias, porque ningún adversario cayó en el ardid y obsequió alguna tarjeta. La
Selección Nacional terminó el combate sin heridas graves.
Tarde agridulce para el “Flaco”. Su equipo
por fin conectó con la tribuna, el “Cielito Lindo” retumbó en el moderno hogar
de las Chivas, al igual que “El Rey”, pero no evitó el susto en el arranque del
complemento.