El sol apenas se asomaba entre las nubes que avecinaban un día lluvioso en la Ciudad de México. Desde temprano, las calles se empezaron a pintar de verde, blanco y rojo y de un instante a otro, la vida de todos los mexicanos tuvo al futbol como su eje central.
El Mundial Sub-17, que había pasado con poco interés en nuestro país en su inicio, se había convertido ya en un suceso nacional y conseguía que en las calles, en los medios y en el país entero, no se hablará de otra cosa que no fuera la hazaña de los Sub-17, los cuales de manera épica se habían instalado en la final, esto tras superar un largo trayecto lleno de obstáculos, de rivales de altura que los habían hecho derramar gotas de sudor y sangre, que fueron reflejo del arduo trabajo, de incontables minutos de auténtica guerra sobre las canchas de los estadios a lo largo de la República Mexicana, de un sueño que comenzó a fraguarse un 18 de junio ante Corea, que siguió tres días más tarde ante Congo y otros tres más ante Holanda en la cancha del Morelos, tres victorias que nos sembraron la ilusión en los octavos de final.
El rival a vencer era Panamá, teniendo como escenario un estadio Hidalgo volcado en apoyo hacia estos muchachos que hasta unas semanas antes eran unos desconocidos y cuyos nombres no habían figurado entre los aficionados a este deporte. Dos tantos a balón parado, uno de Carlos Fierro y otro de Marco Bueno bastaron para mantener vivo el sueño.
El Tri era ya una realidad, había conseguido su boleto a cuartos de final para verse frente a frente ante los franceses. Un rival exigente, que había logrado empatar a los nuestros luego del gol de Kevin Escamilla, pero que no contaba con la magia tricolor y con un Carlos Fierro descomunal que nos llevó hasta la semifinal.
México creía en su Selección y el país entero mantenía la esperanza en estos guerreros que ahora tendrían que afrontar un complicadísimo partido ante una imponente selección de Alemania. Fue una semifinal épica en la cancha del nuevo estadio Corona, pues fue precisamente ese césped el que vio nacer a una nueva estrella, a un jugador que se ganó no sólo el respeto, sino que además conquistó los corazones de la afición mexicana. Julio Gómez sufrió un golpe en la cabeza en la jugada del empate, misma de la que todos temíamos no iba a poder levantarse. El panorama lucía complicado, pues el combinado azteca no tenía más cambios. Fue en ese instante cuando Julio regresó al terreno de juego con una venda en la cabeza para demostrar que ningún dolor físico es más fuerte que el hambre de triunfo. El silbatazo final estaba por sonar, pero antes, Gómez se puso la casaca de héroe y con una espectacular chilena explotó la algarabía de la afición de la Comarca. Estaba hecho, los pupilos de Raúl Gutiérrez se encontraban a noventa minutos de repetir la gloria mundialista que México había saboreado en 2005, pero ahora aún más especial, pues se trataba de un último juego en su país y ante su gente.
Fue el 10 de julio de 2011 cuando este grupo de 21 jóvenes hizo vibrar los corazones de más de 100 mil almas que abarrotaron el estadio Azteca, que pintaron las gradas de verde e hicieron pesar un inmueble que lució simplemente pletórico. El Himno Nacional se coreó como nunca y la majestuosidad de este escenario era única, al grito de “¡Sí se puede!” comenzó la batalla final. Nerviosismo, júbilo y un sinfín de sentimientos encontrados nos mantuvieron siempre expectantes. Uruguay lucía el poderío y fortaleza que los caracteriza.
Apenas había pasado la primera media hora de juego cuando la euforia se desató, pues el capitán Antonio Briseño comenzó la fiesta tricolor al anotar el primer gol con la testa. Fue un momento memorable, que desde cualquier rincón del Azteca todos disfrutamos y gritamos por igual.
Corrían los minutos y el partido se jugaba a un ritmo muy intenso, con una selección uruguaya que se resistía a perder, pero con unos jóvenes mexicanos que tenían grabada la casta de campeones. Los últimos minutos llegaron y la afición hizo retumbar el Azteca con el cántico del Cielito Lindo, y ahí, Giovani Casillas finiquitó la obra maestra con un 2-0 inalcanzable. El árbitro anunció el final y con él, vino la celebración del título. México era campeón del mundo y sus protagonistas, tanto como nosotros mismos, estaban llenos de emoción y al borde del llanto. Me apresuré a conocer sus primeras impresiones: Antonio Briseño, Giovani Casillas, Richard Sánchez, Carlos Fierro, Jorge Espericueta, Francisco Flores y por supuesto el autor principal Raúl Gutiérrez, compartieron conmigo la magia del campeonato.