No pasa nada con el Mundial de Clubes o mejor dicho, no pasa nada porque los clubes mexicanos han ido literalmente de paseo a los lejanos y recónditos sitios en donde se ha llevado a cabo en los últimos años.
Es un certamen bizarro, extraño, sui géneris y atípico por su concepción, sus constantes modificaciones, sus amarradas sedes, su sistema de competencia, la cantidad de equipos participantes y las abismales diferencias entre las escuadras de cada confederación.
Sudamericanos y europeos dominan a placer el torneo relámpago que cuando ya empieza a carburar y a llamar la atención, se juega la final. Nunca termina por prender, por acaparar a la prensa internacional y rara vez sus estadios lucen llenos.
Hablando de clubes mexicanos, tendríamos que remontarnos hasta el año 2000 para recordar la mejor participación. Aquel Necaxa que logró un histórico tercer lugar y que lastimosamente por esos días, el caso Gloria Trevi y/o caso clan Trevi-Andrade le robó todos los reflectores, al grado que varios de los corresponsales, enviados especiales y especialistas en deporte, debieron dar un giro de 180 grados para comenzar una salvaje cobertura de un asunto de farándula.
Tiempo después llegaron discretas, muy discretas participaciones de equipos como América, Pachuca, Atlante y recientemente Monterrey.
Contados los lapsos de gloria en el certamen como para escribir con letras de oro.
Lo que algún día era conocida como la Copa Intercontinental que enfrentaba al campeón de la Copa UEFA y al monarca de la Copa Libertadores, hoy se ha convertido en un torneo poco atractivo para el mercado televisivo, que a final de cuentas, es el principal punto de expansión y distribución del producto FIFA.
Para México, los cinco Mundiales de Clubes que ha organizado Japón han sido transmitidos de madrugada. Pocos pueden desvelarse y no todos tienen acceso a la televisión de paga.
Monterrey regresa a casa pronto, con una marca internacionalizada, con un patrocinio visto en mercados importantes y con una experiencia que muchos quisieran vivir. Pero en lo futbolístico, regresa con las manos vacías. Poco aprendizaje y un par de juegos que bien pudieron disputar como mera preparación en cualquier cancha de los Estados Unidos o México.
Como diría Juan Gabriel, “pero qué necesidad” de viajar tan lejos para regresar con las maletas casi intactas.