Inés Sainz

El contrincante no es el enemigo

Javier te habla sobre el contrincante y a diferencia de ser un enemigo.

 

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México, D.F.
viernes, 13 de abril de 2012 | 06:55

La expresión inglesa fair play alude a juego leal. Es sinónimo de conducta caballerosa. La práctica deportiva presupone la aceptación de las reglas del juego. Jugar correctamente equivale a competir con honor e integridad. Según la actriz estadounidense Oprah Winfrey, “la integridad verdadera está en hacer las cosas correctamente, no importa si alguien lo nota o no.”

Pero la búsqueda de supremacía suele llevar a vulnerar normas y principios, especialmente cuando el único criterio es el éxito y el rendimiento a cualquier precio. Es cuando el adversario se convierte en enemigo. Conciliar la rectitud con el afán de ganar y armonizar la ética con la combatividad, son parte del ideario deportivo, sin embargo, según el sociólogo alemán Kurt Weis, “una sociedad y un deporte que cuentan entre sus máximos valores el éxito y la victoria, necesariamente tienen que producir también perdedores. El afán de que el otro pierda no es una forma de conducta natural, sino adquirida. Pero cuanto más se hace resaltar el éxito y el triunfo, tanto mayores esfuerzos, legítimos o ilegítimos, se tomará el posible perdedor para evitar la derrota. En estos esfuerzos pueden ser vulneradas muchas normas, reglas y valores. Esto sucede en la competición deportiva, cuando los que en ella participan sustituyen el juego limpio por el juego sucio.”

El comportamiento deportivo es un reflejo del comportamiento social. Para los antiguos griegos, el deporte fue un ideal gracias al cual el vigor del cuerpo y el poder del espíritu llegaron a un punto de excelencia. La gimnástica era el instrumento más eficaz para hermosear y educar a los jóvenes. De ahí que hicieron de la perfección del hombre la base de su sistema educativo. El filósofo Platón decía: “la gimnástica es un don celestial, que contribuye al cabal desenvolvimiento del hombre en su medio.” La práctica de ejercicios físicos tenía como propósito perfeccionar el cuerpo y disciplinar la mente confiriéndole comedimiento y nobleza.   

La rectitud conlleva llamar las cosas por su nombre. El escritor George Bernard Shaw hizo notar: “Cuando un hombre quiere matar a un tigre, se llama deporte; cuando un tigre quiere matar a un hombre se llama ferocidad.” En su tiempo, el emperador romano Marco Aurelio (121-180 d de C) decía: “Cuán detestable e hipócrita es quien dice: he determinado jugar limpio contigo. ¡Qué haces, hombre! Eso está demás. La verdad sale por su propio peso y en tu cara debería reconocerse, en tu voz, en tu mirada se revelaría.” Y sobre la actitud que se debe tener durante la práctica deportiva, agregó: “Si en el gimnasio alguien te hiriera, no muestres enojo ni te sientas ofendido, porque nuestro contrincante no es el enemigo, sino alguien con quien nos ejercitamos. De la misma manera debemos actuar en las diferentes circunstancias de la vida, concediendo a las cosas su auténtica dimensión.”

 

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