El futbolista es un privilegiado que evita el ruido de un taladro en una construcción, el claxon de cien autos en medio de un embotellamiento o el sonido incesante de una grúa al demoler un viejo vecindario; sólo recibe altas descargas de decibeles provenientes de una tribuna enardecida. El futbolista no observa el lento paso de un segundero en medio de una oficina esperando caiga la noche para ir a casa; únicamente espera la última indicación del técnico al término de la práctica tras dos horas de intenso entrenamiento. El futbolista evita las viejas bodegas, los almacenes y los caminos sinuosos para llevar una entrega ajena; sólo requiere de una cancha, una balón y un adversario.
A la par de sus goles, de sus grandes atajadas, de sus enormes barridas, de sus potentes disparos, de sus jugadas virtuosas; el futbolista camina de la mano de la señora fama, de la vida arreglada y de los reflectores que lo posicionan como una marca registrada.
Con el paso de buenas y hasta medianas campañas, aparecen los jugosos contratos y los lujos por doquier. De la nada surgen patrocinios externos a su equipo y todo tipo de tentaciones.
A diferencia de un ejecutivo que cobra un sueldo de acuerdo al porcentaje de ventas realizado, el futbolista cobra lo mismo juegue bien o juegue mal y su único “castigo” por un mal trabajo es comer banca, a diferencia de un mecánico que por fallar en el acomodo de una pieza puede terminar despedido.
El aficionado los eleva a grandes dimensiones si se trata de un ídolo o referente y los protege, cobija y perdona rápido si su campaña no ha sido la esperada.
En pocas palabras, el futbolista tiene un trabajo maravilloso y puede desenvolverse en lo que domina siempre y cuando no aparezca su verdadera pesadilla llamada lesión. Esa que es capaz de acabar carreras sin importar nivel de juego o edad; lesiones que truncan carreras, que detienen sueños, que matan la confianza y que provocan retiros.
Después de vivir tan cerca la lesión de David Cabrera, me pregunto si el futbolista está consiente que de la noche a la mañana todo puede acabar con un mal movimiento o una entrada desleal. Que lo que ha crecido como la espuma puede descender en caída libre en cuestión de segundos.
Mientras el equipo celebraba, Cabrera sostenido en muletas, cabizbajo reflejaba más dolor en su corazón que en la propia rodilla.
La gran mayoría nunca se alejó de él, siempre tuvo cerca a Cortés, a Enríquez o al doctor Serrano para sostenerse en ellos.
El festejo fue frío porque un baluarte del equipo tenía lágrimas y mucha impotencia.
Un preolímpico que arrojó buenas conclusiones y grandes lecciones de vida.