La bipolaridad existe en el futbol, en un partido, en un equipo. Pachuca podría ser hoy, tras cinco jornadas, el objeto de estudio favorito para un obsesionado psicólogo.
No sólo basta echar un vistazo a sus números y extender éstos en ecuaciones elegantes; para analizar a Pachuca hay que sentarse cómodamente, respirar profundo y recapitular cada uno de sus juegos con el fin de comprender su particular estilo de vida el presente torneo, pues a pesar del sufrimiento que ha generado a sus aficionados en todos los partidos disputados, el cuadro de Efraín Flores no ha tenido necesidad de digerir todavía una derrota.
La irregularidad que muestra en un solo partido, Pachuca la convierte en arma de batalla. Sorprende al adversario con su volatilidad y de paso se sorprende a si mismo para reencontrarse. Es un equipo durante el primer tiempo y otro muy distinto en el complemento. Un vaivén anímico en cuestión de minutos. En un avance puede trasladar la pelota entre lo sublime y lo intrascendente pero al final, casi siempre, consigue el gol necesario para esquivar la derrota.
Puebla en la jornada dos lo exhibió durante casi treinta minutos. Pachuca sólo veía pasar la pelota sin poder tenerla cerca. No encontraba rumbo y mucho menos el arco contrario para desatar la impotencia contenida. De pronto, en cuestión de segundos, Ayoví marcó el primero de Pachuca en el momento menos esperado. Suficiente para que una vez más, la bipolaridad tuza marcara el rumbo del partido.
En la recta final del duelo, Marco Bueno, su nueva joya, con dos goles sepultó por completo todo cuestionamiento por el mal primer tiempo brindado.
Jornada cinco. Volvió a suceder. Otro primer lapso de pesadilla y un desenlace de ensueño. Corrían los primeros segundos de partido ante Toluca. Varios aficionados buscaban su lugar en el graderío cuando un autogol de Muñoz Mustafá hizo apretar la mandíbula de Efraín Flores, misma que minutos después parecía desprenderse cuando Alonso y Calderón vencían a Cota.
Tres en contra. Tarea imposible para muchos pero no para un equipo acostumbrado a vencer la depresión y el desconcierto en segundos.
Sólo Pachuca es capaz de hacerlo y lo hizo. Echó mano de su bipolaridad, de ese punzante estado hormonal para sacar fuerza de algún sitio y convertir los setenta y cinco minutos restantes en noventa y el tres a cero en contra en un cero a cero inicial.
Primero Cejas, después, Arreola, más tarde Bueno y al final, en tiempo de reposición, de nueva cuenta Cejas.
Una hazaña inolvidable. Quinto lugar en la tabla general y a un solo punto del segundo.
Así es este Pachuca de Efraín Flores, camaleónico y complejo. Para ellos el reloj no avanza del cero al noventa, retrocede del noventa al cero como para incrementar el nervio, encontrar y retar a su propio yo.